Rubén Darío · 1867–1916
A Roosevelt
Cantos de vida y esperanza, 1905
Es con voz de la Biblia, o verso de Walt Whitman,que habría que llegar hasta ti, Cazador!Primitivo y moderno, sencillo y complicado,con un algo de Washington y cuatro de Nemrod!Eres los Estados Unidos,eres el futuro invasorde la América ingenua que tiene sangre indígena,que aun reza a Jesucristo y aun habla en español.
Eres soberbio y fuerte ejemplar de tu raza;eres culto, eres hábil; te opones a Tolstoy.Y domando caballos, o asesinando tigres,eres un Alejandro-Nabucodonosor.(Eres un Profesor de Energíacomo dicen los locos de hoy.)
Crees que la vida es incendio,que el progreso es erupción;que en donde pones la balael porvenir pones.No.
Los Estados Unidos son potentes y grandes.Cuando ellos se estremecen hay un hondo temblorque pasa por las vértebras enormes de los Andes.Si clamáis se oye como el rugir del león.Ya Hugo a Grant lo dijo: Las estrellas son vuestras.(Apenas brilla, alzándose, el argentino soly la estrella chilena se levanta...) Sois ricos.Juntáis al culto de Hércules el culto de Mammón;y alumbrando el camino de la fácil conquista,la Libertad levanta su antorcha en Nueva York.
Mas la América nuestra, que tenía poetasdesde los viejos tiempos de Netzahualcóyotl,que ha guardado las huellas de los pies del gran Baco,que el alfabeto pánico en un tiempo aprendió;que consultó los astros, que conoció la Atlántidacuyo nombre nos llega resonando en Platón,que desde los remotos momentos de su vidavive de luz, de fuego, de perfume, de amor,la América del grande Moctezuma, del Inca,la América fragante de Cristóbal Colón,la América católica, la América española,la América en que dijo el noble Guatemoc:«Yo no estoy en un lecho de rosas»; esa Américaque tiembla de huracanes y que vive de Amor;hombres de ojos sajones y alma bárbara, vive.Y sueña. Y ama, y vibra; y es la hija del Sol.Tened cuidado. Vive la América española!hay mil cachorros sueltos del León Español.Se necesitaría, Roosevelt, ser por Dios mismo,el Riflero terrible y el fuerte Cazador,para poder tenernos en vuestras férreas garras.
Y, pues contáis con todo, falta una cosa: Dios!